jueves, 11 de marzo de 2010
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Romance de ¡Raptados! PDF Imprimir E-Mail

      

     El siguiente romance iba a tener como máximo 100 versos, pero fue creciendo y creciendo… ¡He conseguido aprendérmelo de memoria! Se trata de un simpático resumen en verso de la historia que cuento en “¡Raptados!"

 

La historia que cuento aquí
no es mentira, que es muy cierta.
tuvo lugar en la Mancha,
entre Sevilla y Valencia.
¿Cómo se llamaba el sitio?
No era Zamora. Ni Huesca.
Vaya memoria que tengo.
¡Mecagüen diez! ¡Qué cabeza!
¡Mecachis…! Si es que lo tengo
en la puntita la lengua.
¡Cómo no voy a acordarme,
si incluso he vivido en ella!
Venga, decid ciudades,
a ser posible, costeras,
que estén al lado del mar,
que les pille el mar mu cerca.
A ver qué vais a decir,
ya me  pasó en Puertollano
que va y me dice una chica:
“¡Profe, profe, yo lo sé!
Que le he levantao la mano.”
“Bueno, venga, dilo tú,
a ver si te va a dar algo.”
“ya está la tonta la mano.
jo, tía, le tengo un asco…”
“maestro, ¿lo digo ya?
como están éstas hablando…”
-Pero pasa de nosotras.
¿te estamos diciendo algo?
-Dejad ya de discutir,
¿de qué estábamos hablando?
¡Ah, sí! la ciudad costera.”
 “¿Ciudad costera? ¡Bolaños!”
Y va y se queda tan pancha.
los compañeros flipando,
tronchándose de la risa
y yo, claro, alucinando,
pues resulta que iba en serio,
no me estaba vacilando,
¡hay gente más ignorante…!
¡Y que tié costa Bolaños!
Quiero oír esas ciudades.
Que se abstengan los graciosos,
que con tal de hacer reír
dicen nombres a lo loco.
Os voy a dar una pista:
Comienza su nombre en “H”
y termina por la “A”,
que es vocal, ¿o consonante?
¿En Huelva? ¿Has dicho en Huelva?
¡Pero mira que eres burro!
¡Huelva en Castilla la Mancha!
Calla, calla, que era Burgos.

Existía allí una granja,
muy diferente, especial,
¿Que qué tenía de raro?
si te comienzo a contar…
La granja de San Francisco
seguro que el nombre os suena,
saliá en un montón de anuncios
y su miel era muy buena,
¿a que sabéis la que os digo?
Bueno, pues ésa… no era

¡Claro que había animales!
si estamos en una granja,
¿qué va a haber? ¿escaparates?
los había a patás.
Pequeñitos y mu grandes,
con lana, plumas o pelo.
Los había que volaban
y los que iban por el suelo,
con la frente despejada
o sus dos hermosos cuernos.
Algunos ponían huevos
en su casa, el gallinero.
Otros los llevaban puestos,
era el caso del granjero.

Había allí mucho ambiente,
en la granja, me refiero.
no se podiá ni parar,
¡qué alboroto! ¡qué jaleo!
Se mezclaban los maullidos,
los ladridos de los perros,
los mugidos, los relinchos,
los gruñidos de los cerdos,
los rebuznos del borrico,
el piar de los conejos,
los balidos de las cabras
y las voces del granjero:
“¡Mira la oveja, la tonta!
¡Pero no te comas eso!
¡Que son papeles, modorra!
Como vaya, es que te arreo.
Ya verás luego la tripa,
ya verás la tripa luego.
Ni se te ocurra quejate,
No pienso llevate al médico.
Si te mueres, te fastidias,
¿me oyes? ¿Me estás oyendo?
¡Ni me escucha, la pelleja!
¡Miála! ¡Y sigue comiendo!
¿Ande está el perro? ¡Canelo!
¿Ves aquélla, la que come,
la que tiene el parche negro?
que, sí, la que lleva gafas,
la del piercing en el cuello,
la que luce un tatuaje
por debajo del cerebro.
¿sabes ya la que te digo?
Veste a por ella corriendo
y pégale de mi parte
un bocao en to los … cuernos .”

Entre tos los animales
existía muy buen rollo.
¿Insultarse? ¡Hombre, claro!
Por supuesto quehabía robos.
Y se ponián a parir.
Y se quitaban los novios.
Y se tenían envidia.
Y se colocaban motes.
Y se metián con sus madres.
Y se rallaban los coches.
Se colaban en las tiendas
y padecían de celos
y si se inflaban de gases
se tiraban buenos…
Salvo por esas cosillas
la armonía era perfecta.
Dejadme queche un traguejo,
tengo la garganta seca.

Vivía en aquella granja
la gallina Micaela,
era muy vieja la pobre
tan vieja como su abuela.
Acababa de cumplir,
ciento veinte primaveras
que celebró en el McDonalds
con sus cinco o seis colegas.
Mil doscientas hamburguesas
y se bebieron enteras
cien botellas de buen vino
rebajado con “Casera”.
Cogieron una castaña,
pillaron tal melopea
que quitaron el mantel,
se subieron a la mesa
y empezaron a bailar
una jotilla manchega.
los clientes del Mcdonalds
miraban alucinados.
“¡vaya marcha tién las viejas!
a su edad les va a dar algo.
¡mialas, se suben las faldas!
¿has visto? ¡llevan refajo!”
Las pilló la policía
justo al salir de la fiesta
y les pidió que soplaran
pa la prueba de alcoholemia.
En vez de colaborar
encima van y protestan:
 “Pues yo no pienso soplar!
¡Anda y que sople tu abuela!
Voy a soplar por el culo,
trae pacá la cosa esa.
¡Vergüenza teniá que daros,
meteros con siete viejas!”
¡Menudo pollo montaron!
Por poco las meten presas.
Volvamos con Micaela.
Sus plumitas eran canas,
el pico no teniá dientes,
estaba cojita y manca
y ya no usaba paquete.
Sorda de los dos oídos,
o sea, deste y deste.
Y de vista… confundía
un melón con un filete.

La querían en la granja.
La estimaban, la apreciaban.
Incluso el mismo granjero
alguna vez la invitaba,
aunque el hombre era un tacaño,
a merendar a su casa.
Se pegaba unas perrás…
¡Qué perrás que se pegaba!
Y es que allí había de tó,
allí no faltaba nada.
Gusanitos, mejillones,
embutidos, mermelada,
sandwicheses, bocadillos,
paella, pisto, fabada
y sus platos favoritos:
avena, trigo y cebada.
Mas a pesar de esto, amigos
era  muy, muy desdichada
Y ¿sabéis cuál es la causa?
No haber tenido pollitos
que le piaran: “¡mi mama!”,
o a los que leerles un cuento
cuando se iban a la cama,
o a los que dar un cachete
si hacían una trastada.
Viviá solita la pobre,
nunca habiá estado casada,
aunque de joven fue novia
con el gallo de la granja.
tan presumido, tan guapo,
 la cresta siempre peinada,
el pico resplandeciente
y las plumas bien planchadas
es que las volviá loquitas,
de verdad, se lo rifaban.
era un ligón redomado
que a Mikaela engañaba
con una gallina negra,
la más fina de la granja.
en honor a la verdad,
era un bellezón, muy guapa.
cuando descubrió el asunto
no se anduvo por las ramas,
le enganchó por la solapa
y le arreó dos castañas.
“Ni perdones ni puñetas,
que te aguanten en tu casa.”
no volvió a tener más  novios
quedó muy escarmentada.
pues eso, que estaba sola,
ni hijos, marido… ni nada.
ya se había acostumbrao
al silencio de su casa.

Un mal día ocurrió
algo terrible en la granja.
¡Dios santo la que se armó!
Las ovejas, alteradas,
ladraban a voz en grito
compitiendo con las cabras,
que mugían y los burros
espantados rebuznaban.
las campanas como locas
frenéticas repicaban.
“¿Qué ha pasado?”, preguntó
un ternerillo a una vaca.
“¿Pero no te has enterado?
¡Ay, Dios mío! ¡Qué desgracia!
Me tiemblan hasta las carnes,
¡estoy tan impresionada…!
Ven aquí, pasa la mano.”
“¡Tiés los pelos como escarpias!
Pero cuenta de una vez,
¿no ves que me tiés en ascuas?”
“Un carro ha hecho papilla
a la pobre mamá pata.”
“¿Qué me dices? ¿Qué me cuentas?”
“Lo que oyes: aplastada.
cuando llegó la ambulancia
no habiá nada ya que hacer,
la pobre no respiraba.”
“la pata estiró la pata.”
“esa broma no tié gracia.”
“es verdad, tienes razón.
no ha sió muy afortunada.
que Dios la tenga en su gloria,
la pobre por fin descansa.
¿Y sus hijos, los patitos,
que siempre la acompañaban?
¿No habrán palmado también?”
“Ilesos, gracias a Dios.”
“¿Ilesos? ¿De las dos patas?”
“¡Anda, questás apañao!
¿Estás tonto o qué te pasa?
Ilesos quiere decir
que no les ha pasao  nada.
Pa que digan que no existe
el santo ángel de la guarda.
Se han salvado por los pelos,
un paso más y la cascan.”
 “¡Bendito sea el Señor!
¡Qué pena la pobre pata!
Si ayer estuve con ella
hablando junto a la plaza.
Si vieras cómo reía…
Y lo contenta que estaba…
¡Cómo imaginar, Dios mío…!
No puedo hablar, ¡qué desgracia!
Con lo guarrisma que era
y lo mal que cocinaba.
Le daba envidia de tó
¿Y falsa? ¡Pues no era falsa!
¡Qué pena que se haya muerto!”
“Se nota que la apreciabas.”
“Se la olía a la legua,
¡le cantaban los sobacos…!
¿Y el aliento? ¡Qué pestuzo!
Pa mí que le daba al ajo.
Y qué agresiva que era.
A mí me pegó un bocado
una vez que discutimos
y me arrancó los tres brazos.
La voy a echar mu de menos,
la apreciaba un rato largo.
La conocían en las tiendas
por lo mucho que mangaba
y las deudas que tenía,
en ninguna le fiaban.
Y luego que era mu perra,
no le daba un palo al agua,
¿tú la has visto trabajar?
Pues eso, que era muy vaga.
Pero, ¿en serio que se ha muerto?”
“Y que la entierran mañana.”
“Chica, me dejas de piedra,
¡con lo que yo la apreciaba…!”
“estamos aquí de paso,
hoy vivitos y mañana…”

Como el tema era muy serio
decidieron celebrar
una asamblea de animales
en la que poder tratar
el tema de los patitos
y su reciente orfandad.
no podián quedarse solos,
eran aún tan pequeños…
pa que os hagáis una idea
el mayor de todos ellos,
que por cierto, era el más viejo,
ya se había jubilado
y tenía diez bisnietos.
“¿Quién cuidará…?”, preguntó
Celedonia, la gran vaca,
“…de los pobres huerfanitos?
Venga, levantad la pata.”
“Necesito un voluntario.”
“¿No puede ser voluntaria?”
“Por supuesto, doña Oveja,
es usted muy solidaria.”
“¿Solidaria? ¡Y una leche!
Me los llevo si me pagan.”
“¡Qué asquito me das, oveja!
Eres muy interesada.”
“Con la crisis que hay encima,
¡cualquiera regala nada!”
De pronto se oyó una voz:
“¡Que se vengan a mi casa!”
“¿Tas segura, Micaela?
Piénsatelo con más calma,
Ten en cuenta que son 6
y no estás acostumbrada.”
“no hace falta pensar ná.
Toy segura y encantada.
Allí tengo mucho sitio,
no les faltará de nada.
Por fin tendré compañía.
¡Me siento tan sola en casa!”
Primero sonó un aplauso,
poco a poco hubo más palmas
y después de dos minutos
era una ovación cerrada.
Muy feliz la comitiva
salió en fila de la estancia,
en cabeza, Micaela,
el pequeño, en retaguardia.
“¡Ay, qué imagen tan bonita!
¿Verdad que sí, doña Gansa?”
“Si tú lo dices, será,
no te llevo la contraria.
¡menos mal que sa cabao!
¡qué cansina que es la vaca!
si te digo la verdad,
yo es que ya ni la escuchaba.
¡Qué rollazo  tié la tía!
¡lo que habla! ¡lo que raja!
¿pos sabes lo que te digo?
¿sabes de qué tengo ganas?
De pirarme ahora mismo
a merendar a mi casa.”
“¡Mira qué eres insensible!
Paice que no tiés entrañas,
Tos tan preocupaos y tú
pensando en llenar la panza.
Y ya que has dicho merienda,
¿me invitas a un buen bocata?
Yo es que es oír la comida
y la boca mesace agua.”

Todo iba bien en la granja,
¡qué felices eran tos!
Micaela con sus hijos,
las ovejas y el pastor,
las flores, los pajarillos,
no sé, tíos, paz y amor.
Pero la envidia es muy mala
y al cabo de poco tiempo
se los quisieron quitar
sin más, sin venir a cuento,
creando en los animales
un tremendo desconcierto.
No entendían el porqué,
“Micaela, ¿cabrá hecho?”

Todo quedó en un buen susto.
Por fortuna, los patitos
siguieron con Micaela
viviendo tan agustito.
Se tuvo que acostumbrar,
tal como dijo la vaca,
a los gritos, las carreras
y al desorden de la casa.
¡Le pegaban ca disgusto…!
¡Le daban cada sofoco…!
eran inquietos, traviesos.
folloneros, revoltosos.
se llevaban toas las culpas,
siempre eran los sospechosos
de todas las cosas malas,
un robo, un terremoto…
“¡si es que nos tién envidia!
tan guapos tan estudiosos…”
“¿estudiosos? ¡anda ya!
si habéis suspendido ocho…
por cierto, ayer vino a verme
la borrica, la Tomasa,
muy enfadada, furiosa
y me ha dicho que qué pasa,
que tenéis frito a su hijo,
no quiere salir de casa.”
“no sale porque es muy feo,
¿tú te has fijado en su cara?”
“vosotros dejadle en paz.”
“¡si no le decimos nada!
verás en cuanto le pille…”
“tú, si eres hombre, le cascas.
¿y el tema de las macetas?”
“¿qué macetas ni qué gaitas?”
“las que teniá la coneja
adornando sus ventanas.
¡qué disgusto tié la pobre!
¡con lo bonitas que estaban!
se le han secado toditas.”
“a ver, si no las regaba…”
“ya os encargabais vosotros.
¿quién es el que se meaba?
os han visto las vecinas.”
“¡qué cotillas! ¡qué chivatas!
¡nos habrán visto la cola!”
“¿la tuya? miá que me extraña,
si es así de chiquitilla.”
“¡qué cochinas! ¡qué marranas!”
“esperad, que no he acabao,
¿y qué pasó con el gato?”
“pues lo que quieran decir,
la gente se inventa tanto…”
“no es mentira, que sos vieron,
no os atreváis a negarlo,
que le atasteis una lata
en la cola a un gato blanco.”
“¿lo ves cómo era mentira?
¡y que en la cola la atamos…!
¡mentira! ¡mentira y gorda!
se la atamos en el rabo.”
“puedo seguir si queréis.
¿sabéis algo de un petardo?”
“ya no nos regañes más,
deja pa mañana algo.”
“¿Verdad que vais a cambiar?”
“te lo prometemos, mama.
¿podemos ir ya a jugar
o seguimos con la charla.”
“anda, sí, no vengáis tarde,
no me tengáis preocupada.”
Como toda buena madre
la gallina se ocupaba
de que a sus seis pequeñitos
no les faltara de nada.
Y les daba de comer,
los vestía, los curaba,
les controlaba el aseo,
a veces les regañaba
y, si la falta era gorda,
incluso les castigaba
a ver la tele toel día
¡no veas si fastidiaba!

Y se acercaba a la escuela
una vez a la semana
siempre en sábado o domingo
pa quel maestro contara
si eran o no responsables
y cómo se comportaban.
“se portan muy mal, señora
y sus notas son muy bajas.”
“¿pero van a suspender?”
“me fastidia disgustarla,
pero no puedo mentir.”
“osea, que calabazas.”
“como dios no haga un milagro
no aprueban ni la gimnasia.”
“¿y qué les pasa? ¿son tontos?”
“¡qué va, qué va! para nada.”
“son muy muy inteligentes,
pero no les da la gana.
no traen nunca la tarea...”
“si dicen que no les manda.”
“¡to los días! ¡y no poca!”
“me engañan, cómo me engañan.
pues mire que los castigo,
pero no sirve de nada.
estoy acobardadita,
me tienen desesperada.”
“¿por qué no los mete internos?”
“imposible. no, no puedo.
me hacen sufrir un montón,
pero sin ellos, me muero.”

Les daba buenos consejos,
¡qué buenos consejos daba!
“No os comáis con piel los kivis
ni os peinéis con la toalla.
pa dormir, cerrad los ojos
y si hace frío, el paraguas.
si vais de viaje en avión
no os bajéis cuando esté en marcha.
poneos los calzoncillos
por debajo de la falda.
desayunad por la noche
y cenad por la mañana.
no os peleéis con las ocas,
que son más grades y os cascan.
¿me estáis escuchando, hijos?”
“¡cómo te repites, mama!
siempre nos dices lo mismo.”
“porque os quiero mucho, cielos,
por eso mismo os lo digo.”
“eres la madre mejor
que puede tener un hijo.
¿estás llorando, mamá?”
“no lloro, no. me ha entrao hipo.”
“si quieres, toma un pañuelo.”
“ya me limpio con el mío.”

No os riáis, que no tíé gracia.
Una tarde allá en el bosque
juntos fueron a hacer pis
y se les hizo de noche.
Fue muy larga la micción,
comenzaron a las cuatro
y justo a las once en punto
guardaban sus aparatos.
Como la noche era oscura,
como era noche cerrada
y no tenían linternas,
cerillas, ni velas… nada,
no veían más allá
de una cuarta de distancia,
no encontraban el camino
para volver a su casa.
“¡Por aquí!”, decía uno.
“¿Por allí? ¡Amos, anda!
Quedaba a mano derecha.”
“¡Y que mano! será ala.”
Estaban muy asustados
y por eso bromeaban.
Les temblaban toas las plumas.
El más pequeño lloraba.
Bajo sus pies habiá un charco,
Me temo que noéra agua.
Era así, como amarilla.
Si era agua, era muy rara.
“vámonos a casa, porfa.
creo que he visto un fantasma.
¡esperad! ¿no oís un ruido?”
“¡te quieres callar, nenaza!”

“Pos yo lo he oído también,
no sos metáis con el crío.
pero a mí más que fantasma,
me ha parecido un vampiro.
mas no me hagáis mucho caso,
yo es que confundo a los bichos.
¿los vampiros van de blanco?”
“de negro. y tién colmillos.”
“pos entonces es fantasma,
tié razón el chiquitillo.”

Imaginad a la pobre,
gallinita Micaela.
Las doce, la una, las dos
y que sus hijos no llegan.
No paraba de moverse,
no podía verse quieta.
Para un lado y para otro
hizo en el suelo una senda
de la puerta a la pared,
de la pared a la puerta.
Se comió tóitas las uñas,
desde el dedo a la cabeza
y se tomó 20 tilas,
pero nada, ni por ésas.
“¡¡¡y no me cogen el móvil!!!
que ya he gastado las teclas
de marcar el jodió número:
656…chenta.
me salta el contestador,
¿por qué diablos no contestan?”
“Los patitos se han perdido”,
la voz corrió por la granja.
“¡Hay, que ver! ¡Qué mala suerte!
Van de desgracia en desgracia.
Primero lo de su madre
Y ahora, a saber dónde andan.
¿Y cómo está Micaela?”
“¿Cómo va a estar? ¡Destrozada!”
“Voy a hacerle una visita.”
“Mejor, no, que está cansada.”
“Voy a ir de todos modos,
somos amigas del alma.
Necesita de mi apoyo,
¡tenemos que consolarla!”
“¡Mira qué eres cabezota!
No vale decirte nada,
si al final terminas siempre
haciendo tu real gana.
¿Que quieres ir? Pues tú, tira,
¡Tira a darle la matraca!”

Los animales, amigos
fueron  tos  mu solidarios.
Rastrearon todo el bosque,
a lo ancho y a lo largo.
Bucearon tos los ríos,
las charcas y hasta los lagos
sin conseguir dar con ellos.
“A éstos los han raptado.”
E hicieron concentraciones
exigiendo liberaran
a los pobres hermanitos,
de una manera inmediata.
Acudía todo el mundo
de una forma voluntaria
y al que no quería ir
pues, chico, se le obligaba.
le enganchaban de la oreja
y le llevaban arrastra.
Y gritaban sus consignas
y exhibían sus pancartas.
El más ruidoso era el mudo,
¡menudas voces pegaba!
Cosieron toas las farolas
De carteles con las caras
De los patitos, diréis.
Pues no. ¡De los Jonas Brothers!
“Es que son mucho más guapos.
Y pa colmo, ¡cómo cantan!

Las sospechas eran ciertas.
No estaban equivocados.
Un lobo, malo malísimo
con unos dientes mu largos,
las orejas llena pelos
y más hambre que un naufrago,
privoles de libertad,
los tenía secuestrados.
Como el lobo era muy listo
y muy retontos los patos,
le bastaron dos mentiras
pa conseguir embaucarlos,
llevarlos hasta su casa
y dejarlos encerrados.

Teniá fama de eficaz
la policía de la granja.
Había resuelto casos
que requerián mucha maña.
Como en aquella ocasión,
fue una misión atrevida
en que una burra perdió
su dentadura postiza.
Les llevó casi cien años
descubrir que una perdiz
ladrona la había robado
y la lleva en el pico,
por eso hablaba tan raro.
No le quedaba mu bien,
los burros tién dientes largos
y el pico de una perdiz
no es que sea de gran tamaño.
Otro caso muy sonado,
todo el mundo lo recuerda:
Le robaron a una cabra
un paquete de lentejas.
“Venga aquí, mi capitán.”
“¿Qué me muestras? ¿Qué me enseñas?”
“Es un pegote de lana.
Lo encontré junto a la puerta.”
“¿No te dasco? ¡Tira eso!
teniá que darte vergüenza,
a tu edad, tan mayorcito
ir por ahí cogiendo… porquería.”
“¡Pero, jefe! ¡Es una prueba!”
“¡Y que prueba! ¡Ya habló el listo!
¡Es que si no habla, revienta!
Que le den una medalla
al  Sherlock Holmes de la empresa.”
“Piense un poco, capitán.
Lana, lana…” “¡La coneja!”
Acudió a la policía,
aunque la pobre dudaba
de que encontraran los polis
a su prole descarriada.
No se le ocurrió otro sitio,
¡estaba desesperada!

Y mientras tanto los patos
en la guarida del lobo
conocieron aterrados
las intenciones del monstruo.
No pretendía ayudarlos
(¡qué va!) era otra su intención.
Le servirían las aves
para darse un atracón.
Resultaban ciertamente
un bocado apetitoso.
Tan tiernos, tan rellenitos,
tan tentadores, jugosos.

La policía, tenaz,
no cejaba en el empeño.
Sabían que toá la granja
estaba pendiente de ellos.
Por las buenas o las malas
darían con los pequeños.
“aunque tardemos 1000 años,
aunque tengamos bisnietos
los traeremos a su casa,
si no están vivos, pos muertos.

“¡Mu bien dicho, capitán!”

“Así se habla, ¡so torero!”

“Vaya piquito que tiene!”

-Vale ya de cachondeo.

“Repítanoslo cantando.”

“¡En verso, mejor en verso!”

-¡A callarse, que esto es serio!
¿Alguien tiene alguna duda?
Pregunten, es el momento.

“Mi capitán, yo tengo una.
 
“¿Quién callarse los del fondo?
Es que si no, no me entero.
El de la duda, proceda.”

“Dígame, ¿qué fue primero?
¿el huevo o la gallinita?
“A ver, el cabo carnero,
usted que lo tié más cerca,
es que desde aquí no llego
dele una colleja, hombre,
al tonto ése de los…

“Pos entonces no lo diga,
no diga que preguntemos.
¡Es que me ha cogió manía!
Pos hala, yo ya no juego.”

“No llores tú, chiquitín,
¿pa quién es el carameloooo?”

“¿Es de sabor clorofila?”

“Síííííííí.” “pos entonces no lo quiero.”

“¡¡¡Pero bueno, dime quééééé!!!”

“No me chille. y deme un beso.”

“A éste se le ha ido la pinza.”

“Pues lloro más. pues berreo.”

“Pero que tiene 80 años,
que podría ser mi abuelo.”

“Un besito. y en la boca.”

“¡Sí, hombre! ¡y delante de éstos…!”

“Por nosotros no se apure.
No miramos. si es por eso…
o nos tapamos la frente.
Bésense, ya no lo vemos.”

“¡Uy, qué asco! ¿Te has quedao agusto?”

“Si era broma. si sí juego.”

“Voy a contar hasta 10
comenzando desde 0.
dame paciencia, señor,
para aguantarlos a éstos.
se acabaron las preguntas.
que no, que tampoco hay ruegos.
los patitos nos esperan,
no podemos perder tiempo.
¿estáis listos, mis machotes?
 -¡mi capitán por supuesto!
-¡mas fuerte, que no os he oído!
-¡mi capitán, por supuesto!
-pues como dicen las pelis:
¡todo el mundo ya a sus puestos!

Tuvieron una ocasión
genial pa haberse fugado.
la puerta de par en par
y el lobo frito, roncando.
“¿cómo nos vamos a ir
y dejarlo ahí, tirado
sin arroparlo siquiera?
¡va a pillar un resfriado!”

-¡Pero es que nos va a comer…!

-No seáis exagerados.
comer, no creo, si acaso
nos va a ingerir a bocados.
-Ya me quedo más tranquilo.
“Pues entonces, ¿nos quedamos?
a mí me da mucha pena,
no sé a vosotros, hermanos.
que le he cogió yo cariño,
tan indefenso, tan guapo…
¡y qué ronquidos tan dulces!
¡y el pecho lobo! ¡y el rabo!
¿por qué me miráis así?
lo admito: me he enamorado.

-¡No estarás hablando en serio!
¿y qué pasa? ¿pasa algo?
no pasa nada. tú mismo.
¡vaya gusto tienes, macho!”

-¡No fastidies quién fue a hablar!
mejor vamos a callarnos…
no me tires de la lengua,
que cuento lo del gusano.

“Cuéntanoslo, por favor,
no nos dejes intrigado.”
“no sos lo pienso decir,
es un asunto… privado.”
Conocedores los patos
de su fatal desenlace,
sometieron a sorteo
el orden, cosa importante,
de su asesinato atroz.
Y le tocó, ¡pobrecillo!
ser el primero en morir
al patito pequeñito,
¡que era más bueno el pobre…!,
¡era un patito más rico…!,
teniá un culo más gracioso…
Y un pico más graciosillo…

Y como el tiempo pasaba
y los presos no volvían,
la gallina Micaela
de pena se nos moría.
Estaba tan desolada,
estaba tan abatida
que todo le daba igual.
ni comía, ni dormía.
“Mis patitos, mis patitos”,
entre lágrimas decía
con un hilillo de voz
tan débil que ni se oía.
No le quedaban pañuelos
y habiá agotao las cortinas,
Las colchas, los calzoncillos
y los paños de cocina.
la casa no se inundo,
fue gracias a las vecinas
que hicieron una cadena
y a cubos las recogían.
Tantas lágrimas vertió
que llenaron ¡diez piscinas!
de ésas grandes, de las buenas,
de las llamadas olímpicas.

En la guarida del lobo
la tragedia se mascaba.
La lumbre estaba encendida,
las sartenes preparadas.
El aceite, la pimienta,
la cebolla troceada,
el sofrito de tomate
y las patatas peladas.
¡Qué triste imagen!¡Qué pena!
Los patitos apiñados
observaban con espanto
los cuchillos afilados.
El hermano más pequeño
presintiendo su destino
se dirige a sus hermanos
con un discurso emotivo.
“casquito me dais, colegas,
a la cara sos lo digo.
es que no os puedo ni ver,
¡cochinos, piazo cochinos!
mamonazos, gilipuertas,
desgraciaos, asalta asilos.”
¡Qué palabras tan bonitas!
¡Qué bien cabló el so jodío!
Allí terminaron tos
llorando a moco tendío.
Inclusive un servidor,
poco propenso a la lágrima,
lloré tanto que aguanté
sin mear cuatro semanas.

Ya sólo queda el final.
Querréis saber cómo acaba.
¿Se salvarán los patitos?
¿Terminarán en la panza
del lobo? Lo siento, amigos,
entended que no os lo diga,
nunca se debe contar
un final cuando es de intriga.

Termino ya este romance
y lo hago con dos consejos:
el primero es que leáis,
el segundo, que seáis buenos.





 

 
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