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Si he de calificar de alguna forma mi incursión el mundo literario, no se me ocurre ninguna otra palabra que la de casualidad.Todo comenzó hace ocho años cuando el Jefe de Estudios del Instituto me asignó en mi horario una sesión semanal de apoyo lingüístico. Eran seis chavales con graves dificultades en la lecto-escritura. Durante la semana buscaba un texto que les pudiera resultar ameno. Algún fragmento de “Manolito Gafotas” o “Fray Perico”. Leíamos el texto en cuestión y a continuación trabajábamos la comprensión lectora y realizábamos un dictado o algún otro ejercicio. Un día, no sé por qué, decidí escribir una historia que leí en la clase siguiente. Por supuesto, no les dije quién era el autor. Fue sorprendente. De vez en cuando levantaba la vista del papel y me encontraba con seis pares de ojos mirándome fijamente. “¡Pero sigue!”, me apremiaban si hacía una pausa. Salí francamente satisfecho de aquella clase. Pasé el escrito a ordenador e hice dos copias que les entregué a sendos compañeros y a la vez amigos. “Está muy bien, Paco. Es muy gracioso”, fue su comentario. Visto el “éxito”, continué escribiendo historias. Decidí que el protagonista se llamase Óscar, el alumno más gamberrete, Zacarías y el maestro, don Alfredo, nombre de mi primer maestro, por cierto. Si al leer alguna historia percibía que a los chicos no les hacía gracia, nada más abandonar la clase rasgaba las cuartillas y las arrojaba a la papelera.
Reuní un buen número de historias. Al releerlas en casa advertí que podrían resultar bastante más atractivas de contar con ilustraciones. Recurrí a Mª del Pilar Camacho López, excelente “pintora” y casada con un servidor. Lo primero, obviamente, es un don, lo segundo, sólo un accidente.
Encargué unas diez fotocopias de los textos y sus respectivas ilustraciones que vendí a otros tantos amigos y familiares. Aquello tuvo más de atraco, por parte mía, claro, que de acto voluntario por parte suya. El caso es que las “críticas” de estos diez “atracados” fueron manifiestamente positivas.
Los dos compañeros a los que les pasaba cada uno de mis escritos me animaban a que publicase un libro. Confieso que en un principio me tomé a chanza aquella sugerencia bienintencionada. Ser escritor era para mí algo muy serio. Siempre había considerado que para serlo debías de reunir dos condiciones indispensables: ser inteligente y usar gafas. Un servidor carece de ambas cosas.
El empujó definitivo me lo dio Francisco Gómez-Porro, escritor reconocido y autor del prólogo de “Los novillos”. Le facilité los textos, los leyó y me animó a dar el salto.
Lo primero fue diseñar la portada. Le pasé los datos y la ilustración a Fernando de la Cruz, profesor de Plástica en el instituto por aquel entonces. Es un artista Fernando. Indescriptible la emoción que experimenté al ver el resultado impreso en un folio. Ya sí creía en el proyecto.
Tras solicitar y cotejar presupuestos, decidí imprimir mil ejemplares. ¿Qué por qué mil? Porque era lo máximo que podía permitirme con el presupuesto doméstico asignado al apartado de “caprichos”.
Al cabo de un par de meses aproximadamente, llegó el furgón de una empresa de transporte a casa. El empleado comenzó a descargar cajas y cajas y cajas… Una vez se hubo marchado, me coloqué frente a aquella torre de cartón y comencé a echar cálculos. “¡Mil libros! Voy a vender… Mis padres, tres hermanas, los compañeros, algún amigo… ¿sesenta quizá? ¿¿¿Qué haré con los novecientos cuarenta restantes???
Cargué un par de cajas y un puñado de bolsas de la compra en el coche. Ayudado de las inefables “Páginas Amarillas” recorrí las distintas librerías de Ciudad Real. No sé por qué, el caso es que me daba vergüenza comentarle mis intenciones a la persona que había detrás del mostrador, así es que iba cediendo la vez hasta quedarme a solas con ella. “Que venía a ver si me podían vender estos libros…” Para mi sorpresa todos fueron muy amables y no pusieron reparo alguno. “¿Los dejas en depósito, verdad?” “¿En depósito? ¿Y eso qué es?” “Pues que te pagaremos los que se vendan.” En una de estas librerías la señora que regentaba el negocio me comentó que patrocinaban un programa de cultura en la antigua “TV CR” y me propuso presentar el libro en dicha televisión. ¿Os imagináis? ¡¡¡Yo en la tele!!! Acudí a la cita muy aseadito y con las preguntas escritas en una cuartilla. “¡Vienes con las preguntas!”, recuerdo que exclamó una de las presentadoras. “¡Pero si los periodistas somos nosotros!” Llevaba razón. En el transcurso de la citada entrevista pude comprobar que, efectivamente, me hacían las preguntas que yo les había propuesto. No se me olvidan los nervios que pasé. Creo recordar que incluso derramé algo de agua al acercarme el vaso a la boca, pues la mano se movía compulsivamente.
Luego vinieron las presentaciones por los distintos centros educativos. Y, por fin, la tan ansiada llamada telefónica. “Francisco, que si puedes traer diez libros más.” ¡Los habían vendido todos! Poco a poco fue descendiendo la altura de la torre hasta terminar por desaparecer.
Y así hasta hoy. Es mucho el trabajo: escribir, editar, distribuir, presentar el libro… Pero, ¡son también tantas las satisfacciones…! Conocer gente, escuchar palabras cariñosas, ser pregonero en las fiestas de mi pueblo… La última, esta página web.
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