viernes, 30 de julio de 2010
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No te lo vas a creer,  pero ¡qué difícil es hablar de uno mismo sin engañar ni engañarse! Haz la prueba si no me crees.

 

            Me considero una persona de inquietudes, por eso mis facetas son tan variadas como desconocidas. Me fascina la investigación ortifrutícula. Hace dos años mi perseverancia se vio recompensada con el hallazgo de la planta capaz de producir los pimientos ensartados. Sí, sí, has oído bien. Los pimientos crecen en la planta unidos por la cuerdecita.  Ahora estoy a punto de dar con la semilla de las berenjenas de Almagro con su pimiento, su palito de hinojo y tal. Confío en concluir con éxito mi investigación en un plazo no muy lejano.
           

A los 8 años me alcé con el título de campeón mundial de Fórmula Uno. El subcampeón fue un todavía desconocido Fernando Alonso, quien por cierto aún no había venido al mundo. A los 12 años quedé finalista en el campeonato mundial de ajedrez celebrado en Linares. Conseguí dar jaque mate a la dama de Elche con un 6 doble. El contrincante, un ruso de nombre imposible, no salía de su asombro pues nunca antes había sido derrotado. A los 16 formé parte del equipo olímpico nacional en la especialidad de esgrima. Recuerdo de la práctica de este  deporte es una cicatriz de un metro de longitud en uno de mis tobillos, concretamente el derecho, que como muy bien sabes es el que se encuentra situado en el pie izquierdo. En 1975 representé a España en el festival de Eurovisión con la canción “Guíñame un ojo” quedando en segunda posición. Una afonía total me privó de alzarme con el título. Tengo en mi haber un record Guinness: soy la única persona que ha conseguido bailar sevillanas al compás de una jota aragonesa.
  

 Sigo practicando deporte, aunque lógicamente, con menos asiduidad e intensidad que en mis años mozos. Un ojeador avezado me invitó a realizar unas pruebas en el Real Madrid. Las superé con éxito y fiché por ese equipo. Compartí vestuario con nombres míticos como Del Bosque, Santillana, Velázquez... Las chicas gritaban histéricas y me decían ¡¡¡guapo!!! cada vez que llegábamos al hotel de la ciudad en donde íbamos a disputar el partido. ¡Guapo yo! ¡Hay que ver lo que es la fama! Recuerdo que el primer patido lo jugué en Pontevedra como titular. En el segundo también salté al campo desde el inicio, pero me sustituyeron a los 3 minutos. En el tercero chupé banquillo y jugué apenas 5 minutos. Los minutos basura que se llaman. A partir de ahí me tocó ver los encuentros sentado en la grada junto con los compañeros lesionados. No entendí este evidente e injustificado menosprecio y así se lo hice saber a mi entrenador, don Miguel Muñoz.


      "¡Pero si soy el máximo goleador de la plantilla!", le dije educadamente.

 
    "Sí, Paco", me contestó con el mismo tono mesurado, "pero los goles se menten en la portería contraria." Frustrado, colgué las botas en la percha de la entrada de casa. Y ahí siguen.


     Hace 5 años participé en la famosa subida al "Empire State Building". Sí, hombre, el edificio más alto de New York. Tiene de escalones...¡Dios mío, cuantísimos escalones! Anda que el que o la que tenga que fregarlos... ¡Menuda cansera no cogerá! Bueno, pues a lo que iba. Me había preparado concienzudamente para la competición. Nos juntamos allí lo menos 3 millones de participantes. 3 millones tirando por lo alto, que conste. Todos allí moviendo las piernas, los brazos, los hombros... Por fin dieron el pistoletazo de salida. Por cierto, vaya puntería la de aquel señor. Instantes después de sonar la detonación también llamada detonación, cayó al suelo una mosca con un orificio de bala entre una ceja y la otra. Bueno, a lo que iba. Apenas ataqué el primer escalón, ¡ay! ¡un esguince en la tetilla derecha! Mi entrenador personal me riñó y con toda la razón.


      "¿Cuántas veces te he dicho que hay que calentar? ¿Cuántas veces?"


    Me encantan los animales. Mi casa de campo no tiene nada que envidiar al zoo de Madrid en cuanto al número y variedad de especies se refiere. Visto que comen mucho y producen poco, he decidido amaestrarlos. Un día vi un reportaje en televisión de un señor que alquilaba sus mascotas para grabar "spots" y películas y me dio la idea.


     He comenzado por las tortugas y he de admitir que estoy comenzando a perder la paciencia, pues tengo la impresión de que ponen poco de su parte. Hemos visionado toda la saga de las "Tortugas Ninjas" al menos 400 veces.


     "Observad, observad cómo saltan hacia atrás", les digo. Bueno, pues nada. Ellas como quien oye llover. Se dan la vuelta y comienzan a caminar cada una a su bola. No sé, a lo mejor, pienso yo, no les motiva esta película.


     Con los canarios he tenido más suerte. Son más inteligentes y, lo que es más importante, ponen interés. He conseguido que silben todas y cada una de las canciones de "Papito", el último disco de Miguel Bosé. Pero, ¡eh!, con los invitados y todo. Vamos, que uno trina como Paulina Rubio, otro como Juanes, otro como la Bimba Bosé y así todos.


     Nos contrataron para una actuación. Fue en un pueblo de Toledo. Disculpa si no te digo el nombre, pero es que ahora mismo no caigo. ¡Ah, sí! Fue en Toledo capital. Todo iba bien hasta que a un gracioso le dio por arrojar al escenario puñados de alpiste. Los pájaros se lanzaron como posesos hacia los granos y ya no hubo manera de poner orden. Un desastre. Con decirte que uno de ellos, precisamente el que trinaba de Miguel Bosé, falleció de empacho fulminante...


     Me entusiasma viajar. Conocer otras gentes, otras costumbres, otras formas de pensar, te abre la mente y te ayuda a ver todo desde otra perspectiva. Os lo recomiendo encarecidamente. ¡He visitado tantos lugares! De cada uno de ellos conservo un recuerdo en unos casos simpático, en otros dramático, pero todos todos interesantísimos. Me acuerdo de mi encuentro con los jíbaros. Pueblo curioso éste. Ah, que no tienes ni idea de quiénes son estos tipos. ¿Ves lo que pasa por no viajar? Pues para que los sepas, Jíbaro es un pueblo amerindio que habita en Perú. Bueno, pues estos señores tienen la desagradable costumbre de decapitar a los enemigos muertos en combate y reducir la cabeza. Tamaño del puño te la dejaban. Primero te la cortaban, la cabeza  quiero decir, y luego la reducían por un procedimiento que guardan secretamente. A mí me lo contaron pero no te lo voy a decir para no darte ideas. Les sirve de talismán o trofeo. Bueno, pues hete aquí que en una excursión por la selva amazónica fui a aterrizar en tan exótico lugar. Me apresaron. A ver, una tribu entera contra uno solo… Yo veía que aquella gente no tenía muy buenas intenciones. Me ataron a un poste y uno de ellos, que parecía ser el jefe, se acercó a mí sujetando un machete de considerables dimensiones. Voy a ir directamente al desenlace porque si no estaría aquí hasta las tantas.

El caso es que me salvé. ¿Cómo? Gracias a mi capacidad de convicción. Les hice ver que era mucho más sencillo y menos laborioso reducir cabezas de ajos.


     “Sí, hombre”, les razoné, “¿no veis que en las de los ajos no tendréis que sacar pulmones ni riñones, ni rótulas ni nada?”


“¿Ah, no?”, me preguntó escéptico el que parecía llevar la voz cantante.


      Les hice una demostración práctica que terminó de convencerlos. Maté, y perdón por la expresión, dos pájaros de un tiro: conseguí que a partir de entonces dejaran de cortar cuellos y además, sin pretenderlo, abrí el mercado en aquella zona tan recóndita a este bulbo tan utilizado en nuestros guisos. En Las Pedroñeras, capital del ajo, le han puesto mi nombre a una céntrica plaza que queda justo a las afueras de la localidad.


      También estuve con los pigmeos. Es cierto eso de que la tele engaña. Vistos al natural son bastante más… bajitos. ¿Sabes qué me llamó la atención de esta gente? Se pasaban todo el santo día jugando al baloncesto. “Algún día uno de éstos jugará en la NBA, por mis…” y añadía una palabra malsonante que empezaba por “coj” y terminaba por “ones”. Lo decía el jefe de la tribu que compatibilizaba su cargo “institucional” con la de entrenador. “¡¡¡Pero haz un mate, hombre, que eso llama mucho la atención!!!” Vista la constancia de los jugadores y el carácter del “mister” no me extrañaría nada que se cumpliese su deseo.


     También compartí unos días con el pueblo esquimal. ¡Dios santo, qué frío! Veinte capas de ropa llevaba encima, pero nada, que ni con ésas. ¿Sabes qué me llamó la atención? ¡Tienen playa nudista! Yo también tomaba el sol sobre el hielo como Dios me trajo al mundo, es decir con boca, orejas y todo lo demás.
“Oye, ¿por qué se mueven tanto los hombres?”, le pregunté al que estaba a mi lado. Me ponían de los nervios, oye. Todo el rato moviéndose y moviéndose.
“Dentro de una hora lo sabrás”, fue su respuesta.


Y lo supe. Resulta que te entraban ganas de hacer pis. Y claro, con el frío pues que no te encontrabas el… el… Total, que a mí también se me contagió el baile de “sanvito”. ¡Qué carreras para llegar al iglú! Para desahogar la vejiga, claro.
Me gustan los deportes de riesgo. Me hierve la adrenalina, disfruto con el riesgo. He practicado el paracaidismo en caída libre, he navegado en globo, he volado en ala delta del Ebro, en “parapente”, he nadado entre tiburones, he descendido cañones, soy entusiasta del rafting, del barranquismo, del puenting… Hablando del puenting, recuerdo mi primer salto. Me lancé al vacío desde una altura… No sé cuántos metros habría. El caso es que miraba para abajo y no me veía ni la punta de las zapatillas. Sí tendría aquello una altura de un metro. Un metro tirando por lo alto, que conste.         


“Lanzaos de pie”, nos dijo el experto monitor.


“¿De pie?”, pensé yo. “Éste se ha equivocado. Todo el mundo se tira de cabeza.” Y así lo hice. Afortunadamente llevaba colocadas todas las protecciones incluido el casco. Tuve suerte, pues sólo me hice un chichón.        

 
“¿Es que no sabes lo que es de pie?” Yo allí, semiinconsciente y el tío encima riñéndome. Sería muy instructor, pero de sensibilidad la justita.
 En mis ratos libres me dedico fundamentalmente a ocuparlos. Poseo muchas y variadas aficiones a cuál más rara. Confieso ser un apasionado del "Exin castillos", colecciono sartenes sin mango, me encanta jugar a las chapas con botella y me relajo abriendo y cerrando paraguas. Nada, que me ha dado por ahí. A otros les da por el yoga o por dar gritos en el campo. Pues muy bien. Allá ellos. Me encanta la televisión. Sé que no es políticamente correcto decir esto, pero la verdad es que paso horas y horas sentado frente a la pantalla, pero eso sí, con el aparato desconectado.
 
¿Frustraciones? También las tengo, claro. Me hubiese encantado viajar a la luna. De hecho, en el último viaje de Pedro Duque, me desplacé hasta las instalaciones de la NASA e hice autoestop. No pararon los cabritos.

 

 

 

 

Creo que con la información que os he facilitado tendréis materia más que suficiente para haceros una idea de mi anodina personalidad. Los adjetivos los dejo a vuestra libre elección